La magia de leer un libro

Hay algo que me preocupa: que la mayoría de jóvenes no lean libros. Y no, no me refiero a los libros de moda como Harry Potter, Twilight o El señor de los Anillos, me refiero a los clásicos y que verdaderamente aprendes verdaderas lecciones de vida.

Muchos jóvenes lo han admitido, prefieren ver una película basado en un libro que leer éste porque simplemente no son capaces de imaginarse nada de lo que leen, viendo solamente letras bien alineadas formando párrafos y, además, encuentran palabras que desconocen su significado y, claro, se frustran y se aburren. Esto no es una excusa válida. Para leer un libro, basta con tener la mente despejada con la intención de disfrutar una aventura, imaginarse lo que se lee y tener un diccionario al lado por si no se entiende una palabra en concreto.

¿Tienes intención de recuperar tu hábito de lectura o has pensado en empezar a leer libros de forma seria y que nadie te obligue? Si la respuesta es sí, te puedo ayudar ya que yo tuve la suerte de conseguir disfrutar mucho a la hora de leer e imaginarme todo como si fuera una película gracias a un consejo que me dio mi abuelo siendo una niña.

Cuando tenía 8 años, en pleno 3º de primaria, me interesaba más jugar con las muñecas que leer; de hecho, no me gustaba en absoluto, y eso se notaba en mis calificaciones. ¿Cómo evitaba los momentos de lectura en clase? Leía rápido, demasiado rápido, hasta el punto que me enteraba de muy pocas cosas de la historias de los libros. ¿Por qué? para evitar aburrirme y no tardar lo mío en comprender todo lo que leía.

Cuando mi abuelo supo que odiaba los libros, quiso ayudarme de inmediato. Al principio me negué, pero me habló de una forma que yo acepté cuando consiguió captar mi atención. Pasó de esta manera:

Estábamos juntos; mis padres, mi hermano, mis abuelos y yo en una casa típica pueblerina de los años 50 en un pequeño pueblo de montaña. Una mañana de verano,  estaba haciendo los cuadernos de vacaciones (los Santillana) en la mesa de la sala de estar cuando mi abuelo se sentó a mi lado.

Abuelo: Tu madre me ha dicho que has sacado mala nota en lengua porque no has podido hacer un examen bien de comprensión lectora. ¿Es cierto?

Yo: Sí.

Abuelo: ¿Por qué?

Yo: Porque leo rápido, pero yo intento saber de qué se trata… Me enfadé con la profesora porque me preguntó una cosa del libro que yo no supe qué contestar y me dijo que no había leído nada… pero sí lo hice.

Abuelo: Eso es porque en realidad no sabes lo que lees.

Yo: ¡Sí que sé! pero es que me aburro mucho… Lo malo es que me han pedido que este verano lea dos libros…y no tengo ganas…

Abuelo: Eso tiene fácil remedio. Te ayudaré.

Yo: No hace falta, abuelo, yo puedo sola.

Abuelo: ¿Sabes? yo tengo un secreto que nunca he revelado nada sobre los libros.

Yo: Oh, ¿En serio? ¿Y cuál es?

Abuelo: No creo que te interese.

Yo: ¡Vaaa, dímelo! ¡Quiero saberlo, abuelo!

Abuelo: Bueno, como eres muy buena niña te lo diré. 

Se acercó a mí y me dijo…

Abuelo: Yo he pasado muchas aventuras gracias a ellos.

Yo: ¡Eso es imposible, abuelo!

Abuelo: No, para nada. ¿No te gustaría volar por el cielo, vivir aventuras en el mar y ver todo el fondo, nadar junto con los peces y los delfines…o ser una sirena?

Yo: ¡Claro!

Abuelo: Pues con ellos puedes hacer todo esto, si quieres. Te diré algo que, cuando seas mayor, lo entenderás: Lo que se trata de un libro no es leer lo que está escrito, sino vivir lo que se explica.

Yo: No lo entiendo…

Abuelo: Lo que tienes que hacer es imaginarte todo lo que sale en el libro.

Yo: ¿Cómo se puede hacer eso?

Abuelo: Cuando leas una escena, para de leer. Entonces intenta pensar e imaginártela con imágenes, a tu manera o como te lo expliquen. Si el protagonista te lo explica como lo vive él, créete que eres tú misma la que estás ahí. Si es otra persona que no es el protagonista, imagínatelo y todo lo que él hace, tal y como te lo describen.

Yo: Pero eso es difícil de hacer…

Abuelo: Inténtalo después de hacer los deberes y me dices cómo te fue.

Efectivamente, me puse manos a la obra…

Después de horas intentándolo y leyendo más de 5 veces la misma página, conseguí imaginarme la escena, conseguí imaginarme al protagonista y conseguí imaginarme que hizo un acción que explicaba en el libro. 

Me puse tan contenta que fui en busca a mi abuelo, corriendo, a la ferretería. Estaba en la planta baja de la casa, así que bajé una rampa gritando “¡Abuelo! ¡Abuelo!” hasta verlo detrás de la mesa de trabajo.

Yo: ¡Abuelo, lo he conseguido! ¡Es verdad lo que me has dicho! ¡Hoy he conseguido volar!

Mi abuelo me dedicó una gran sonrisa. Corrí hacia él y le dije: ¡Gracias abuelo!

Desde entonces, he disfrutado mucho leyendo todo tipo de libros infantiles, novelas y cómics.  Incluso descubrí los géneros literarios que más me gustan: el suspense y la fantasía. Puedo decir que todos los libros que tengo en mi cuarto los he leído varias veces, incluidos los infantiles para recordar mis “viejos tiempos”, aunque eso sí, tengo algunos pendientes aún para leer.

Mi abuelo tenía razón, se puede vivir mucho y descubrir secretos con un libro que nunca habrías pensado ni imaginado. He vivido infinidad de aventuras, he visto todo tipo de lugares, he volado, he nadado entre las especies marinas y he explorado el fondo del mar, he descubierto tesoros, misterios y he solucionado asesinatos. He pasado una multitud de miedos y peligros en todos estos años. Sin duda, ha valido la pena, mucho la pena. Y todo gracias a él, a mi abuelo.

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